Rugby Around The World

divendres, 13 d’abril de 2012

Gesta de un delantero con el balón

Brillante entrada de Phil Blakeway en su imprescindible Tornarugby.


Gestas

Hace no demasiado tiempo cinco o seis fases de juego seguidas eran considerabas una proeza, más que nada porque la confusión más absoluta ya se había apoderado del juego, o por mejor decir, de los que por el campo nos arrastrábamos, agotados sin una melé en la que descansar o una touche a la que acudir caminando. Hablo, naturalmente, de mis congéneres, los delanteros del siglo XX. Esto les servirá para ubicarse, para comprender la verdadera y cierta magnitud del extraordinario suceso que les voy a narrar; algo que solamente pudo acontecer por un cúmulo de circunstancias históricas, algo así como una conjunción planetaria insólita o el descubrimiento de un nuevo continente. Verán: se trata de un episodio de rugby premoderno. La cosa se había iniciado con una melé a nuestro favor de la que yo había salido con el balón en las manos (sí, lo han adivinado, por aquel entonces rondaba solamente las 16 stones y en ocasiones contadas, con el segundo o tercer XV de mi club, podía jugar de tercera centro, licencia que me tomaba por aquello de haber sido merecedor de un puesto, de vez en cuando, en el primer equipo, eso sí, en mi sitio). Cargué furibundo contra el apertura contrario, sin buscar el hueco, debo reconocerlo, ya saben la querencia que los de delante mostramos por el negocio de la charcutería y casquería, y porque nos habíamos conjurado en el vestuario contra el flamante, atlético y elegante nº 10 adversario, un tipo que además era aplaudido por una tribu de jóvenes amigas de universidad de pago que nos imaginábamos botín de la contienda (¿ah, que esto no es políticamente correcto? pues me ratifico). Continúo. Mis flankers me habían seguido, a una cierta distancia el cerrado, eso sí, que no en vano era otro transplantado para el caso, que tampoco había viajado con el primer equipo por aquello de quedarse a preparar no sé qué examen, y tras el mortífero ruck, el apertura rival debajo y tacos y botas rasgando su bonita zamarra (¿era gris y rosa o quizás azul?) y lacerando carnes de amigos y enemigos, el balón se recicló adecuadamente y contemplé, desde el suelo, como nuestro renqueante talonador recuperaba vigor para iniciar el ataque de la tercera fase, en un movimiento de aprovechamiento del eje vertical que a mi mismo me sorprendió, acostumbrado como estaba a que en esos instantes algún tres cuartos de nuestra hueste, convenientemente descolocado,  pretendiera un salto desde la base del agrupamiento al segundo centro, con más entusiasmo que pericia. Me levanté y me dispuse a continuar el juego, presto a servir de apoyo al agrupamiento que se formaba y contemplar como, ya sí, nuestro medio de melé habría de servir el balón a nuestro descansado apertura. Sin embargo, el azar quizás, los hados o alguna deidad del ciego Averno obscureció el entendimiento de un segunda  voluntarioso e inexperto, que por eso había sido situado en tal demarcación, quien con total desconsideración por el estado de forma de sus mayores y el minuto de juego que transcurría, decidió seguir explotando, para nuestra ventaja, hay que decirlo, el pasillo por el que nuestras tropas acorazadas iban perforando la defensa rival. Así que cuarta fase. Y el tipo lo hizo bien, dirigiendo el balón al interior, reflejo puramente pauloviano, por demás, al ver por el rabillo del ojo la mirada inyectada en sangre de su compañero de segunda línea, que tomó por lo que no era, pues no indicaba ira, entusiasmo, ni rapto de cólera, muy adecuado para algunos lances del juego, sino la defectuosa colocación de las lentillas, sucias ya, que todos habíamos presenciado una par de jugadas antes. La cosa se complicaba pues nuestro hombre era de esos que con el balón en su poder podía arrastrar colgados de sí a tres o cuatro jugadores del equipo contrario a más de ser inmune al dolor y lento de pensamiento, así que era previsible que continuara el juego por donde venía, sus y a ellos. Quinta fase, ya cerca de la veintidós contraria. Y mis terceras y yo resoplando detrás, rebasados por un ala y un centro que se unieron al festival del ataque vertical. Esto no podía seguir así, pensé, por el bien del rugby español, que no querrá ver en los titulares de El Mundo del día siguiente "muere jugador infartado en la Ciudad Universitaria", que es lo que  más gusta de resaltar de nuestro deporte tal medio. Y tomé una decisión, me armé de valor, alteré el ángulo de mi carrera, como si de una cambio táctico se tratara (y vaya si lo era) y pedí el balón al centro que ya lo levantaba. Obediente me lo sirvió, pensando lo que pensaban todos. Pero no. Me detuve, alcé la mirada primero, luego la fijé en el balón, lo dejé caer contra el suelo y lo golpeé con el pie. Mientras subía (eso ya era un triunfo), y el ruido característico del crujido de un cartílago me decía que se había desprendido el enésimo fragmento, asumí mi destino. No miré a los palos. Esperaba solamente el sonido sordo de la reprobación, pero escuché el del silbato y me sorprendió la palmada en la espalda de mi apertura, que decía "pero no lo vuelvas a hacer". 

Nunca más he conseguido tres puntos en un partido y solamente una vez más he pateado, un up and under en un ataque (de euforia) que me fue muy recriminado, a pesar de encontrarme en la equívoca posición de apertura y reaccionar como predicaba un adepto al rugby moderno: eres lo que te dice tu posición en el campo (que cuando recordaba al sujeto pensara en linier, discúlpenme los susodichos, es otra cuestión). Y lo lamento, digo, porque por un momento, breve, inopinado, gusté del vértigo del éxito singular. Deseché sin embargo el sinuoso pensamiento y sacudí mi conciencia. No es eso, no es eso. Somos todos.


Os dejo algunos vídeos de drop que no le llegan a este a la suela del zapato, el explicado por mi amigo Phil no lo he encontrado en Youtube, pero aparecerá, en internet está todo.






Y para terminar el de Matt Dunning, según el autor de tan brutal hazaña el más parecido a la realidad.