Rugby Around The World

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dimarts, 17 de març del 2015

Integración, el Rugby en Francia

Un brillante escrito de Phil Blakeway, donde nos muestra la diversidad de un país como Francia o cualquier otro europeo, observando la procedencia de los integrantes de su equipo de rugby. Disfrutadlo.

Integración

Clement Poitrenaud, Vincent Clerc, Mathieu Bastareaud, Yannick Jauzion, Alexis Palisson, François Trinh-Duc; Morgan Parra, Imanol Harinordoquy, Fulgence Ouedraogo, Thierry Dusautoir, Pascal Pape, Lionel Nallet, Nicolas Mas, William Servat, Thomas Domingo; Dimitri Szarzewski, Sylvain Marconnet, Julien Pierre, Julien Bonnaire, Frederic Michalak, David Marty, Julien Malzieu.

Son los veintidós jugadores de Francia. Hoy han jugado y ganado, en París, a Irlanda, que ya no puede revalidar su triunfo del año 2009. Una lástima, pero algo lógico: es el relevo de una generación que lo ha dado todo, por otra que llega. Y los franceses han sido hoy mucho mejores.
Pero no voy a hablar de rugby. No, lo haré de los franceses. De su apellidos y de su origen. Sobre ello se ha reflexionado mucho; se destacó con motivo de la Copa del Mundo de 1998 de ese circo que se juega con un balón esférico, aunque con otros matices, porque después acontecieron sucesos contrarios al idílico panorama que se dibujó, ya saben, aquellos de les banlieues. Sin embargo, y sin perjuicio de los errores de los años ochenta y los temores socialistas a la verdadera integración que se escondían tras la trampa de la multiculturalidad, la terca realidad se impone a los experimentos sociales y allí donde hay un entorno de posibilidades se produce naturalmente la cohesión y el trabajo común en pro de un objetivo compartido, llámese bienestar, riqueza o ganar un partido.

A lo mío ahora. Parra y Domingo son apellidos españoles, y en la selección francesa ha habido muchos y muy destacados (los Raphaël Ibáñez, Jean-Michel González, Laurent Rodríguez, Laurent Pardo, Pierre Albaladejo y sólo por destacar a los de aquende los Pirineos); Bastareaud, Dusautoir y Ouedraogo son negros (por favor no me pidan que emplee metáforas ridículas de esas que imponen los secuaces del orwelliano O'Brien) y de origen africano, y éste el capitán del equipo; de Marruecos era Abdel Benazzi, que también fue capitán de Francia y uno de sus mejores jugadores de los 90, o Serge Betsen, tercera línea retirado hace un par de años, y Émile N'Tamack, coetáneo del magrebí y hoy entrenador ayudante de Marc Lièvremont en el XV del Gallo. Más todavía, porque Thrin-Duc es de origen vietmanita, como me confirman dos compañeros de batalla de nacionalidad francesa con los que comparto hoy la retransmisión del partido (y que disfrutamos sobremanera gracias a la algarabía orquestada por los cerca de cuarenta veteranos que nos hemos reunido y que afortunadamente nos impide escuchar los comentarios de Vispe y Moriche, que no mejoran nada). Harinordoquy y Mas son apellidos vasco y catalán respectivamente, y como compartimos con la república del norte a las gentes de ambos extremos de la frontera no diré que son de aquí o allí sino parte del melting-pot francés. Szarzewski y Michalak son apellidos eslavos, así que nos quedan solamente doce (sobre veintidós jugadores) estrictamente franceses, permítanme la licencia. Sin embargo en la empresa común que tienen encomendada, ganar para su país, no hay diferencias, no hay distinciones más allá de esfuerzo compartido unidos por unas pautas sencillas: respeto, camaradería, amistad, sudor, resistencia, empeño e inteligencia. Por eso ganan y por eso serán capaces de rehacerse y conquistar su futuro, y no hablo ya de rugby. A pesar de sus políticos y de los intentos de fragmentación multicultural.

Aquí la feudalización llegó hace tiempo y por otras vías, así que somos diecisiete enfrentados a problemas que otros conocen ya, pero sin ánimo ni objetivos comunes. Las perspectivas no son alentadoras. 



dijous, 12 de març del 2015

Rugby del 71, Gales se lleva el 5 Naciones

Tengo un cariño especial por el año 71, cuando nací. Era febrero, llovía y mi madre estaba en Tarragona. Gales ganó el Cinco Naciones, así lo escribe Phil Blakeway y así lo podéis ver en estos maravillosos videos.



Los Barry John, Edwards, JPR Williams, Gerald Davies, Taylor, Merwyn Davies y demás, en partido de V Naciones de 1971, el año del primer Grand Slam de la década prodigiosa (luego vendrían los de 1976 y 1978 y tres Triples Coronas en 1977 y 1979, sin contar con que en 1972 por los acontecimientos en Irlanda, el Torneo se suspendió). Además, el juego de los escoceses no desmerece aunque tuvieran que rendir Murrayfield, con el resultado más ajustado y después de remontar merced a ese ensayo prodigioso de Gerald Davies, y la mejor conversión desde San Pablo, como dicen en las Islas, lograda por el inefable flanker John Taylor. Derrotaron allí a un muy buen equipo escocés, con otro tercera pateador, Brown, y jugadores tan cabales como Sandy Carmichael, el pilier o el otro Brown, el segunda línea Gordon "The broon frae Troon", con dicción a la escocesa. Destellos todos de una galaxia ya muy lejana. Ni comparación con la mecánica y estéril empresa rugbística de la primera década del siglo XXI. Asqueados deben estar al conocer los sucesos del otro lado del Severn: lo del Bath y los 'Quins.

Hablando de ingleses, en Twickeham doblaron las rodillas ante los del Principado de esa añada. Aquí queda constancia, como casi siempre con la voz de Bill McLaren. Ni los Duckham ni los Pullin pudieron con los magos del Oeste.



Pues sí, ante el panorama que se avecina, nos damos a la nostalgia. Así que sigamos con los Diablos Rojos de 1971. Hoy en su partido frente a Irlanda, en Cardiff. El partido en que ganaron la Triple Corona de 1971, último episodio de la lucha fratricida de ese año antes de cruzar el Canal de La Mancha. Los irlandeses no midieron sus fuerzas y se entregaron, como tantas veces antes de la era O'Driscoll, sin mesura, durante el primer tiempo, que fue suyo. No importó a los rojos, que conocen las exigencia de su divisa: Ich dien. Así que, como el motor que sale del rodaje, alcanzaron su mejor par al inaugurarse la segunda mitad. Sobrios, calmados, sabios, contuvieron los delanteros locales a los titánicos irlandeses, más fuertes, más pesados, más torpes. Aseguraron sus posesiones y desataron el rayo y el trueno del Olimpo de los Valles del Sur, presidido por Edwards y John. Una brillante generación de bravos irlandeses veía, otra vez, como la Fortuna se conjuraba contra ellos, postergados por una conjunción de temple, estrategia y genio diseñada por una común inteligencia, sutil y poliédrica. Sólo los Lions de 1968 o 1971 o 1974 resarcieron, no sé si suficientemente, a los Mike Gibson, Willie John McBride, Fergus Slattery o Ray McLoughlin.



1971 fue especial para País de Gales: ningún equipo, jamás, ha ganado el Torneo solamente con dieciséis jugadores, capitaneados por el centro Sidney John Dawes, que con el tiempo acumularía, también, honores en los Lions y como seleccionador y entrenador de su país.

Aquellos dieciséis fueron: J.P.R. Williams (London Welsh), T.G.R. Davies (Cambridge University & London Welsh), S.J. Dawes (London Welsh), A. Lewis (Ebbw Vale), J.C. Bevan (Cardiff), B. John (Cardiff), G.O.E. Edwards (Cardiff), D.B. Llewellyn (Llanelli), J. Young (Harrogate), D. Williams (Ebbw Vale), W.D. Thomas (Llanelli), M.G. Roberts (London Welsh), W.D. Morris (Neath), T.M. Davies (London Welsh), J. Taylor (London Welsh), I. Hall (Aberavon).

Sorprende que no estuvieran J.J. Williams o Phil Bennett en el mejor equipo galés que haya jugado un V Naciones. Bennett había debutado ya, como zaguero, pero esos eran los dominios de John Peter Rhys Williams (que empezaria a ser conocido como JPR cuando el otro Williams, John James, entrara en el equipo), así que tuvo que esperar a la retirada de Barry John para hacerse con el nº 10. Ninguno de ellos iba a desmerecer a sus predecesores.

dimarts, 3 de març del 2015

Lucha, Sacrificio, Respeto, Entrega, Combate, Amistad y Fair-play

Artículo gran reserva, año 2008, Zona rugby ya no existe, Phil continua en la melé.

Este es un artículo publicado por Phil Blakeway en Zona rugby. El rugby intenta mantener los valores que le han llevado a ser lo que es ahora, un pequeño oasis entre las tormentas de muchos deportes profesionales, donde prima el resultado sobre cualquier otra cosa. Ver un partido de fútbol donde los jugadores se tiran al suelo a la menor oportunidad, tíos de noventa quilos que caen desmayados tras un leve golpe, "hay contacto" gritan los periodistas, todos chillan al árbitro, los partidos de juveniles que nos da el plus nos ofrece las mismas trampas a menor escala... Uno va viendo como lentamente el fútbol va muriendo, y no lo digo yo, lo dicen los estadios repletos de cemento, deseemos que el rugby no entre en esta vorágine.

Los rugbistas nos preciamos de cierta categoría moral. La ética y la estética de nuestro deporte la determina. La tradición también. Esa sutil transmisión de conocimientos, hábitos, sensaciones y costumbres que van dosificando los mayores para que los jóvenes adeptos queden para siempre incorporados a la secta: lucha, sacrificio, respeto, entrega, combate, amistad, fair-play. Una mirada, un gesto que enseña, a veces, mucho más que una arenga. El zaguero consagrado que da un pase de ensayo al ala novato, cuando un quiebro fácil le hubiera proporcionado su enésima marca. El viejo pilier que concurre ineluctablemente con su bolsa el partido del tercer equipo, esa turbamulta de imberbes y suplentes, por si hace falta echar una mano en el segundo tiempo, aun sabiendo que acabará jugando todo el partido y soportará las quejas de su mujer y de sus gastados huesos, por la noche, después de las cervezas. El consejo quedo del delegado que trota la banda en los partidos de todas las categorías del club cada fin de semana. El que nunca protesta cuando le toca levantar el banderín en el lateral. El padre de aquel jugador que lleva al campo a seis o siete juveniles apretujados en su monovolúmen, o la madre de aquel otro que siempre se acuerda de llevar aquarius para el medio tiempo. Tu madre, o tu mujer, o quien quiera que sea que meta la piltrafa de camiseta en la lavadora tras cada partido. El encargado del botiquín del segundo equipo, donde nunca falta de nada. El entusiasta juvenil que se vuelve imprescindible para dominar a la vocinglera legión de críos que son el futuro del equipo. Mil ejemplos más. Eso es altura de miras; eso es solidaridad; eso es Rugby.



Y sin embargo hay excepciones. Debemos erradicarlas. Tenemos que establecer barreras. No podemos permitir que el Grial que ahora nos toca preservar se enfangue. Los reglamentos de competición y la autoridad del árbitro no son suficientes, aun siendo en nuestro deporte donde, sin duda, más se respeta al mediador. Se impone la autorregulación. La de cada uno, la que sale del alma de quien participa de los valores que conforman el deporte de los villanos jugado por caballeros. Debemos aborrecer las conductas impropias, porque la línea que separa nuestra disciplina de la riña tumultuaria es tan frágil que sólo mentes y espíritus despiertos y alerta serán capaces de preservar el tesoro.

Yo no lo he visto, pero dicen que este fin de semana hubo más que palabras en un campo del Este de Madrid. Dicen, lo he leído en un foro bien conocido, que el asunto fue más allá de lo que suele zanjarse entre árbitro y capitanes, acaso con un sin bin y un “10 metros más”. No hay excusas, eso no debe suceder jamás. Da igual el motivo, porque cada vez que eso sucede, se pierden fieles a la causa y se traicionan los fundamentos del espíritu que nos mueve.

Tampoco son de recibo actitudes veleidosas y arrogantes que desmerecen a quien las practica. Me cuentan también que en otro campo, ahora de hierba artificial, se enfrentaban dos universidades madrileñas, una del Oeste y otra del Sur, regida ésta por alguien que fue la tercera autoridad de la Nación. Que una, la del Sur, concurría con treinta jugadores y la otra con apenas dieciseis, porque coincidía el partido con exámenes de la mayoría. Que a la hora del pitido inicial el delegado de la magra en efectivos sólo pudo reflejar en el acta los nombre de los presentes. Que tres o cuatro más, acabado el exámen que les entretenía, acudieron raudos, y que el delegado de la otra universidad no les permitió jugar. Espíritu mezquino, mentalidad estrecha, contra la naturaleza del rugby: su equipo, el que iba sobrado de efectivos, ya ganaba por cuarenta puntos. Qué desánimo, qué desaliento entre los que se quedaron sin jugar después del esfuerzo del desplazamiento. Qué bajeza contra el rugby y sus fieles.

Conductas indignas aquella y esta, que hay que desterrar. Nos va el futuro en los detalles. En nuestro valor añadido.