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dijous, 10 de maig del 2012

"Fantasmas", cuento oval de Tuboramix

He conocido a Tuboramix porque ha tenido el detalle de comprar mi novela, "Placaje Alto", y charlando me ha contado que escribía cuentos ovales, así que no he podido evitar publicar el último que escribió para la página de Rugby UAS, que no será el último que publico aquí.   "Anda termina, vamos a tomarnos algo", es la última frase del cuento, y la última que se escucha en cualquier vestuario rugbístico. 
Gracias Tuboramix.


Fantasmas 


Escrito por Tuboramix on 06 Noviembre 2011.


Los ecos de los últimos comentarios de mis compañeros se pierden en mi cabeza mientras me tumbo, alguien apaga las luces, dejo que la oscuridad y el silencio me rodeen, me gusta terminar así los entrenamientos, tendido en el césped, dejando que el olor a tierra, humedad y césped se mezclen con el de mi sudor. Acompaso mi respiración y miro al cielo, jirones de nubes ocultan la luna a medias, saboreo el momento mientras mis músculos, fatigados después del esfuerzo a los que les he sometido, se van enfriando y me empiezan a pedir una ducha bien caliente. 


Es hora de levantarse, acabar el ritual de todos los entrenamientos, sólo se escuchan a lo lejos las risas del vestuario, me encamino allí y recojo un oval que se ha quedado cerca de los palos, me agacho y lo sujeto con suavidad, lo acaricio, siento su tacto… alguien me mira, noto que una mirada se me clava, es como un interruptor que se me enciende y programa una alerta en mi cerebro que me hace levantar la vista, entre sombras, rodeado por la niebla que empieza a caer y formar una fina película sobre el césped, me parece distinguir la silueta de un jugador. ¿Quien se ha quedado aquí? Pienso mientras intento reconocerlo, no se parece a ninguno de mis compañeros… Es una figura alta, con el pelo medio largo, no distingo bien sus facciones, sus pantalones parecen viejos y su polo lleva un cuello raro. Ya hemos terminado. Le digo mientras me acerco. Entonces lo veo bien, es un chico joven, pero su mirada parece que tuviera cien años, la barba, escasa, y el pelo parecen reflejar la poca luz de luna que consigue filtrase entre la niebla y las nubes. Me quedo mirándolo, quieto, callado, tratando de averiguar donde he visto yo antes esa cara. Me recuerda a alguna de esas caras que se ven en las fotos de viejos jugadores, viejos tiempos de gloria, que adornan el club, pero no consigo acordarme. 


Su mirada se dirige al balón que llevo entre mis manos, se fija en él, y me hace un gesto para que se lo pase, lo miro, durante un instante, y se lo envío, pero me quedo perplejo al ver que, de manera sobrenatural, el oval pasa entre sus manos y lo atraviesa como si fuera humo. Un escalofrío me recorre el cuerpo y mi cabeza me dice que salga de allí corriendo a todo lo que me den mis piernas, pera estas no responden, me quedo como un pasmarote delante de la aparición sin saber qué hacer, sin saber que decir. 


Me fijo de nuevo en su mirada, en la inmensa tristeza que refleja, mientras mira al balón, al campo y a los palos. Comprendo entonces lo que quería decirme hace un instante, una vez más, una última carrera, un último ensayo, volver a sentirse vivo. Recojo el oval y me coloco justo donde él, desafiando la ley de impenetrabilidad de los cuerpos, dejo que su figura, traslúcida, se fusione con la mía, como si llevase un traje medio transparente, él parece comprenderme y trata de adoptar mi misma postura mientras superpone sus manos a las mías, entonces, comienzo a correr hacia la zona de marca, hago un par de amagos, de fintas, un contrapié por aquí, otro por allá, me recorro el terreno de juego entero y cuando llego a la línea de ensayo, me tiro como un loco para plantar el oval. 


Me levanto y busco con la mirada a mi extraño compañero, que durante toda esta carrera desenfrenada, ha sido como un traje puesto sobre mi y veo en sus ojos la alegría inmensa del niño que ha jugado por primera vez, esa mirada que distingo en mis compañeros cuando acabamos de jugar o entrenar, ese brillo, que me refleja el espejo, después de cada batalla. Los aplausos de mis compañeros más jóvenes, rompen el hechizo y el fantasma desaparece, miro hacia atrás y varios de ellos sonríen y se burlan de mi, ¿Qué hacías? Me preguntan entre risas, ¿Ganar la copa del mundo? Anda que… 


Me voy al vestuario, sonriendo, con la alegría de la mirada del fantasma clavada en mi corazón, allí, un viejo amigo, fiel apoyo en mil batallas, me pregunta donde estaba y que por qué había tardando tanto. Estaba haciendo feliz a un fantasma, contesto, tras un par de segundos. En silencio, nos miramos, sabe que hablo en serio, sonríe. Anda termina, vamos a tomarnos algo. 



divendres, 13 d’abril del 2012

Gesta de un delantero con el balón

Brillante entrada de Phil Blakeway en su imprescindible Tornarugby.


Gestas

Hace no demasiado tiempo cinco o seis fases de juego seguidas eran considerabas una proeza, más que nada porque la confusión más absoluta ya se había apoderado del juego, o por mejor decir, de los que por el campo nos arrastrábamos, agotados sin una melé en la que descansar o una touche a la que acudir caminando. Hablo, naturalmente, de mis congéneres, los delanteros del siglo XX. Esto les servirá para ubicarse, para comprender la verdadera y cierta magnitud del extraordinario suceso que les voy a narrar; algo que solamente pudo acontecer por un cúmulo de circunstancias históricas, algo así como una conjunción planetaria insólita o el descubrimiento de un nuevo continente. Verán: se trata de un episodio de rugby premoderno. La cosa se había iniciado con una melé a nuestro favor de la que yo había salido con el balón en las manos (sí, lo han adivinado, por aquel entonces rondaba solamente las 16 stones y en ocasiones contadas, con el segundo o tercer XV de mi club, podía jugar de tercera centro, licencia que me tomaba por aquello de haber sido merecedor de un puesto, de vez en cuando, en el primer equipo, eso sí, en mi sitio). Cargué furibundo contra el apertura contrario, sin buscar el hueco, debo reconocerlo, ya saben la querencia que los de delante mostramos por el negocio de la charcutería y casquería, y porque nos habíamos conjurado en el vestuario contra el flamante, atlético y elegante nº 10 adversario, un tipo que además era aplaudido por una tribu de jóvenes amigas de universidad de pago que nos imaginábamos botín de la contienda (¿ah, que esto no es políticamente correcto? pues me ratifico). Continúo. Mis flankers me habían seguido, a una cierta distancia el cerrado, eso sí, que no en vano era otro transplantado para el caso, que tampoco había viajado con el primer equipo por aquello de quedarse a preparar no sé qué examen, y tras el mortífero ruck, el apertura rival debajo y tacos y botas rasgando su bonita zamarra (¿era gris y rosa o quizás azul?) y lacerando carnes de amigos y enemigos, el balón se recicló adecuadamente y contemplé, desde el suelo, como nuestro renqueante talonador recuperaba vigor para iniciar el ataque de la tercera fase, en un movimiento de aprovechamiento del eje vertical que a mi mismo me sorprendió, acostumbrado como estaba a que en esos instantes algún tres cuartos de nuestra hueste, convenientemente descolocado,  pretendiera un salto desde la base del agrupamiento al segundo centro, con más entusiasmo que pericia. Me levanté y me dispuse a continuar el juego, presto a servir de apoyo al agrupamiento que se formaba y contemplar como, ya sí, nuestro medio de melé habría de servir el balón a nuestro descansado apertura. Sin embargo, el azar quizás, los hados o alguna deidad del ciego Averno obscureció el entendimiento de un segunda  voluntarioso e inexperto, que por eso había sido situado en tal demarcación, quien con total desconsideración por el estado de forma de sus mayores y el minuto de juego que transcurría, decidió seguir explotando, para nuestra ventaja, hay que decirlo, el pasillo por el que nuestras tropas acorazadas iban perforando la defensa rival. Así que cuarta fase. Y el tipo lo hizo bien, dirigiendo el balón al interior, reflejo puramente pauloviano, por demás, al ver por el rabillo del ojo la mirada inyectada en sangre de su compañero de segunda línea, que tomó por lo que no era, pues no indicaba ira, entusiasmo, ni rapto de cólera, muy adecuado para algunos lances del juego, sino la defectuosa colocación de las lentillas, sucias ya, que todos habíamos presenciado una par de jugadas antes. La cosa se complicaba pues nuestro hombre era de esos que con el balón en su poder podía arrastrar colgados de sí a tres o cuatro jugadores del equipo contrario a más de ser inmune al dolor y lento de pensamiento, así que era previsible que continuara el juego por donde venía, sus y a ellos. Quinta fase, ya cerca de la veintidós contraria. Y mis terceras y yo resoplando detrás, rebasados por un ala y un centro que se unieron al festival del ataque vertical. Esto no podía seguir así, pensé, por el bien del rugby español, que no querrá ver en los titulares de El Mundo del día siguiente "muere jugador infartado en la Ciudad Universitaria", que es lo que  más gusta de resaltar de nuestro deporte tal medio. Y tomé una decisión, me armé de valor, alteré el ángulo de mi carrera, como si de una cambio táctico se tratara (y vaya si lo era) y pedí el balón al centro que ya lo levantaba. Obediente me lo sirvió, pensando lo que pensaban todos. Pero no. Me detuve, alcé la mirada primero, luego la fijé en el balón, lo dejé caer contra el suelo y lo golpeé con el pie. Mientras subía (eso ya era un triunfo), y el ruido característico del crujido de un cartílago me decía que se había desprendido el enésimo fragmento, asumí mi destino. No miré a los palos. Esperaba solamente el sonido sordo de la reprobación, pero escuché el del silbato y me sorprendió la palmada en la espalda de mi apertura, que decía "pero no lo vuelvas a hacer". 

Nunca más he conseguido tres puntos en un partido y solamente una vez más he pateado, un up and under en un ataque (de euforia) que me fue muy recriminado, a pesar de encontrarme en la equívoca posición de apertura y reaccionar como predicaba un adepto al rugby moderno: eres lo que te dice tu posición en el campo (que cuando recordaba al sujeto pensara en linier, discúlpenme los susodichos, es otra cuestión). Y lo lamento, digo, porque por un momento, breve, inopinado, gusté del vértigo del éxito singular. Deseché sin embargo el sinuoso pensamiento y sacudí mi conciencia. No es eso, no es eso. Somos todos.


Os dejo algunos vídeos de drop que no le llegan a este a la suela del zapato, el explicado por mi amigo Phil no lo he encontrado en Youtube, pero aparecerá, en internet está todo.






Y para terminar el de Matt Dunning, según el autor de tan brutal hazaña el más parecido a la realidad.




divendres, 23 de març del 2012

Rugbiers, un cuento de rugby.

Os dejo este cuento de Jorge Búsico extraído de su libro "Pelotas Chicas, Pelotas Grandes".  Quien quiera puede mandarme cualquier cuento o escrito sobre rugby que será publicado en este humilde blog.


Rugbiers por Jorge Búsico (*)


Son las 9 de la mañana del lunes. Gonzalo dibuja jugadas en su cuaderno, sin prestarle atención al maestro de historia. Traza una flecha en diagonal en una canchita semejante a la que los diarios utilizan para reflejar el gol de la fecha. Pero no es un gol. Es un try. Uno de los dos que apoyó Gonzalo en el partido de ayer vistiendo la camiseta a rayas de su equipo, el Club Atlético Tradicional, uno de los más antiguos y campeones en la historia del rugby argentino. Gonza, como lo apodaron desde chico, juega de octavo en la Menores de 17. Está feliz y no se preocupa mucho porque falta poco para el fin de su etapa escolar. Ahora lo que le importa es el rugby, el triunfo de ayer que lo dejó a un paso del título y el test del próximo domingo, encima de local. Será el último del año, y si se da otra victoria, habrá vuelta olímpica. La primera desde que tomó una ovalada, a los 6 años, en los Mosquitos. Gonzalo sueña y sueña mientras sus compañeros del colegio Las Lomas, en San Isidro, escuchan atentos al profesor.


…Son las 9 de la mañana del mismo lunes. A Rodolfo le duele el cuerpo y le ríe el corazón. El partido de ayer fue durísimo, y la victoria en el último minuto le permitió a su equipo, el Fomento Rugby Club, quedar entre los cinco primeros, algo inédito en cualquier categoría para la corta historia de los de camiseta roja. Rodolfo estira sus piernas en uno de los bancos gastados de la Escuela Sarmiento, en Florencio Varela, y hace malabares para tratar de prestarle atención a algunas de las cuentas que el profesor de matemática ensaya en el pizarrón. Rolo, como lo apodaron cuando llegó al club a los 11 años, juega de octavo en la Menores de 17 y ya empezó a dibujar en su mente el partido del domingo contra los de Tradicional. Hay cuestiones de honor de por medio: mantener el puesto en la tabla y arruinarle la fiesta a un grande.…


Gonzalo camina las 10 cuadras que separan al colegio de su casa, un chalet de dos pisos en pleno San Isidro. Mientras dos de sus amigos juegan con el celular y otro está enchufado a un minúsculo aparato de MP3 que retumba música tecno, Gonza sólo encuentra lugar en su cabeza para organizar la actividad de una semana que en ese momento cree que será la más importante de su vida. Como siempre, gimnasio todos los días; a los entrenamientos de los martes y jueves esta vez se le agrega otro el sábado. Queda un rato para el estudio: los exámenes que se vienen en el colegio y los preparativos para el CBC de Física. Y un pequeño espacio para chatear desde la notebook que tiene en su habitación. “Nada de minas hasta el domingo por la noche”, se dice a si mismo sin que los otros lo escuchen. Es más: suena su telefonito último modelo y lo apaga sin fijarse quién llama. El aparato se lo compró Emilio, su padre, ex campeón con Tradicional, de profesión ingeniero y algo molesto con su hijo porque desechó la idea de seguir su educación en una Universidad privada.…


Rodolfo, como de costumbre, se fuma un pucho a la salida del colegio junto a sus amigos. Todos hablan del recital que el sábado por la noche dará una banda de rock que está pisando fuerte en el Sur del Gran Buenos Aires. Todos menos Rolo, quien intenta acomodar su rutina. Un fugaz almuerzo preparado por su madre en el PH que habitan a unas cuadras del centro de Varela. De ahí, a ayudarlo a Pedro, su padre, en el negocio de repuestos que ya lleva casi 50 años en la zona. Entrenamiento martes y jueves; fierros lunes, miércoles y viernes; trabajo el sábado por la mañana y siesta por la tarde. Nada de recital ni de boliche por la noche. Sí quizá encontrarse un ratito con los pibes para escuchar a Los Redondos, algo de rock sinfónico y una pasadita por el ciber para chatear. Y si hay algo de tiempo, seguir buscando un lugar para estudiar lo que más le gusta: publicidad. Su padre ya le avisó, sin ocultar su tristeza de padre, que no podrá colaborar con la cuota mensual.…


El Tradicional está a pleno como cualquier jueves que antecede a un fin de semana importante. Hace mucho que el club no logra títulos en la Primera. Lo mismo pasa con la Intermedia y la Pre. Por eso, los socios consideran que hay que estar juntos para darle apoyo a los chicos de la Menores de 17. Después del entrenamiento habrá una cena en el restaurante principal del club, un bellísimo lugar de arquitectura inglesa de fines del siglo XIX, decorado en madera y con una enorme chimenea en el centro. Habla un sobreviviente del famoso equipo campeón invicto de 1957, el capitán general y el actual capitán de la Primera. Gonzalo come, escucha y vuela. Imagina cada movimiento que hará el domingo. Sueña con apoyar el try del triunfo en el último minuto, en el lugar que todos sueñan en el club: al lado de la tribuna, en el ingoal que da a la pileta. El resto de los chicos están en la misma frecuencia. Lo hacen y se los hacen sentir. De pronto, Gonza ve que su padre, quien le inculcó la pasión por el rugby, se le acerca con su físico imponente (él también fue forward, pero segunda línea) y una sonrisa repleta de orgullo. Se le arrima al oído y le susurra: “Me acaban de decir que quizá te llamen para Los Pumitas”. …


Fomento vive el jueves más importante de su vida. Al club lo crearon entre 10 tipos que se habían marchado de otro club de la zona, el San Tomás. Empezaron en un potrero y más tarde consiguieron un terreno para dos canchas, un vestuario y un quincho. A Freddy, uno de los fundadores, fue a verlo Pedro, que no sabía nada de rugby pero que había escuchado que ese deporte era bueno para los pibes. Rodolfo quería ser futbolista, y era bueno: le gustaba tirar caños y demostraba guapeza para bancarse las patadas. “Traelo al club. Acá va encontrar contención, porque el rugby te enseña el compañerismo, el respeto por el otro y te da sentido de pertenencia. Además, no corre un mango. Todo lo hacemos a pulmón. Que venga y que pruebe. Yo lo voy a ayudar”, le dijo Freddy a Pedro. Rodolfo, quien rápidamente se convirtió en Rolo (el rugby es un deporte de apodos), no entendió nada cuando su padre le hizo la propuesta. El primer sábado no se lo va a olvidar más. Se preguntaba con toda la inocencia de un niño qué hacían esos que jugaban con una pelota ovalada que picaba para cualquier lado, que pasaban la pelota para atrás y que la pateaban afuera para avanzar. Mucho menos cuando veía a ocho que se agachaban para empujar contra otros ocho. Le fue tomando la mano y, de a poco, le entró el gusto por tacklear. Sentía una tremenda descarga de energía cada vez que bajaba a otro. Enseguida el entrenador lo puso de tercera línea; primero de ala y, después, de ocho. Rolo recordaba todo esto mientras unas 40 personas se habían acercado hasta el quincho para alentarlos...


El sábado, los chicos de Tradicional llegaron al club para el último entrenamiento del año. Todos tenían una manija tremenda. Querían que el partido comenzara ya. Antes de irse al vestuario, el entrenador de la menores de 17, el Colorado Taylor, los arengó: “Lo importante es que se diviertan, pero también que respeten la historia de este club. Vamos a abrir la pelota de todos lados, a atacarlos, a ganar por la mayor diferencia posible. Somos más que ellos y tenemos que demostrárselo en la cancha”. Pocos le tenían confianza al Colorado, que había sido un buen jugador en la Primera pero todos creían que no entendía bien el juego. Además, no soportaban su pose de canchero (despreciaba a los otros clubes, sobre todo lo más chicos) y sabían que llegó a entrenador por sumar horas y amistades en la barra del bar del club. Los chicos escuchaban mucho más a los dos colaboradores, el Gordo Valle y Fito Rolón. Gonza pensaba lo contrario del Colorado. Para él había que jugar este partido como un test: cerrado, planteando una lucha de forwards y abriendo la pelota sólo cuando se produjeran los espacios cerca del ingoal rival. Lo charló con algunos compañeros, que asintieron.…


El día previo al partido del domingo, el Negro Ramírez, el entrenador de la Menores de 17 de Fomento, juntó a los chicos en una de las dos canchas del club sólo para que se distraigan. Su idea era que recordaran más que nunca que todos formaban de un equipo y que así se fueran a dormir y así se despertaran al día siguiente. El Negro era un admirador incondicional del Veco Villegas, aquel maestro del rugby que poco antes de morir concurrió hasta Varela para dar una serie de charlas que enriquecieron los conocimientos rugbísticos de la gente de Fomento. El Negro Ramírez apostaba casi de modo fundamentalista al scrum y al tackle. Y la defensa de su Menores de 17 era mortal. Pocos tackleaban en esa división como los chicos de Fomento. “Mañana tenemos la oportunidad de divertirnos y de mostrar nuestro rugby. Les pido que mantengan las banderas del scrum, la presión y rudeza en el primer tackle. Busquemos el eje profundo, no los dejemos respirar ni un segundo y vayamos al line, que también es uno de nuestros fuertes. Y cuando hay un penal, palos. Ah, y ojo con el ocho de ellos, que se levanta siempre en los scrums”, arengó El Negro. El Huevo Santillán, apertura, pateador y goleador del equipo, presumía que el domingo podía ser su domingo de gloria. También Rolo, al que se le hacía agua la boca cuando escuchaba hablar de tackles.…


Gonzalo se levantó temprano ese domingo. Desayuno junto a su madre y se marchó hacia la habitación para armar el bolso. Cuando miraba la camiseta original de Los Pumas firmada por todos los jugadores, entró su padre. “Vamos, que todo el club está con ustedes. Me mato si salen campeones esos hijos de puta”, casi que gritó Emilio, para quien era una rutina pasar los fines de semana en Tradicional. Ocurre que atrás de Tradicional venía Acassuso, el rival de toda la vida desde que un grupo de socios decidió irse para fundar otro club. Si Tradicional ganaba, se aseguraba el título. Un empate le daba chances a Acassuso, que tenía que enfrentar y ganarle a El Imperial. Gonza trató de no escuchar a su padre. Estaba concentrado en lo que tenía que hacer en la cancha.


…Rodolfo se sorprendió cuando llegó a la cocina para desayunar y encontró a sus padres. El estaba acostumbrado al mate con su mamá, porque Pedro aprovechaba el domingo para dormir hasta tarde para después dedicarse al asado. “¿Qué hacés acá, papá, levantado tan temprano?”, dijo Rolo. “Es que quiero ir a verte. ¿No te jode? Hablé con Freddy y me consiguió un lugar en el micro. Eso sí: acordate que yo de rugby no entiendo nada”, aseguró Pedro. “Sí, viejo, vení. Siempre quise que me vengas a ver”, cerró Rolo antes de irse al cuarto para armar el bolso. El poster de Los Pumas fue único testigo de la ceremonia silenciosa.…


La cancha principal del club Tradicional estaba poblada por unas 400 personas ese domingo. Emilio, al igual que cuando jugaba la Primera, se reunió con sus amigos en la tribuna, del costado del ingoal que da a la pileta. La gente de Fomento estaba del otro lado, parada, pegada al alambrado. Pedro creyó que lo más conveniente era quedarse junto a Freddy. Mientras, el silencio invadía a los dos vestuarios.
El partido es intenso desde el mismo arranque. En la primera pelota vuelan un par de piñas de ambos lados como para imponer respeto. Tradicional abre la pelota de todos lados; Fomento se defiende a puro tackle. El local pasa al frente con un penal, pero enseguida el Huevo Santillán empata con su zurda. No hay tregua. Es palo y palo. Los chicos de Tradicional buscan por todos lados la manera de quebrar, pero los de Fomento les van duro a los brazos y les hacen caer la pelota. Faltando cinco minutos para el final del primer tiempo, Tradicional tiene un scrum a favor a cinco yardas del ingoal. Como un rayo, Gonzalo se levanta, quiebra dos tackles y termina en el ingoal con Rolo colgado de sus hombros. Try, conversión y al descanso con un 10-3 para el equipo que hasta allí es el campeón de la Menores de 17.
El segundo tiempo tiene el mismo trámite. Pero de tanta presión del contrario, un centro de Tradicional pierde la pelota. La recuperan los forwards de Fomento. Arman un maul y empiezan a empujar. Se los llevan más de 20 metros a la rastra. Try abajo de los palos. Conversión del Huevo y 10 a 10.
Los chicos de Tradicional salen como fieras del kick para reponer el juego. Un jugador de Fomento traba la salida de la pelota en un ruck y el árbitro sanciona penal: 13-10. Otro penal, en este caso por offside, sirve para que Tradicional pase al frente por 16-10. Faltan apenas 10 minutos. Pero el Huevo Santillán está encendido, como dicen los relatores de ahora. Mete un penal desde la mitad de la cancha, recto a los palos, y emboca un drop que atraviesa la hache con lo justo. Es más: le dio con la derecha y casi cayéndose. “Como Porta”, se dijo a si mismo. “Como Wilkinson, la puta madre”, exclamaron desde la tribuna de Tradicional..
“¡Vaamoosss!”, gritó por primera vez Pedro, mirando a su hijo como si él fuese quien había empatado el partido.Los forwards de Tradicional, que ya no pueden levantar las piernas de tanto atacar, se juntan en el medio de la cancha y toma la palabra el Flaco Yrigoyen, el segunda línea y capitán: “Ahora manejamos el juego nosotros. No abrimos más la pelota. Los metemos en el ingoal”, arenga, sabiendo que sus tres cuartos ese día no pueden quebrar la marca de sus rivales. También se abrazan los ocho forwards de Fomento, que tienen los hombros morados de tanto tacklear. El Ratón Cardone, hooker y capitán, lleva el mensaje: “No nos entran ni con la policía. Tackleemos como si fuera lo último que hacemos en la vida”.
Los últimos tres minutos se juegan en campo de Fomento. Los de Tradicional empujan y los de Fomento resisten. Hay un line en cinco yardas. Gonzalo y Rodolfo están en la cola. Ganan la pelota los de camiseta rayada. Arman un maul y los de rojo lo derriban. Penal. Es muy esquinado para probar a los palos, el pateador no está en un buen día y no hay más tiempo para nada. Entonces, el Flaco Yrigoyen opta por el scrum en cinco yardas. Es la última jugada. Los dos packs se vuelven a reunir por separado. Se dicen que es la última. Los ocho de Tradicional tratan de empujar, pero los de Fomento están bien armados. Gonzalo ya pensó en levantarse. Rodolfo ya recordó la frase del Negro: “Ojo con el ocho”. Gonza agarra la pelota y encara por el ciego, por el costado más angosto de la cancha. Se lleva puesto al medio scrum y enfila hacia la bandera del ingoal que da a la pileta. Cuando se está por tirar para apoyar, Rodolfo le encaja un tackle abajo de la cintura que lo tira afuera. Final. Los de Tradicional se agarran la cabeza porque ya sabían que Acassuso había ganado. Los de Fomento se abrazan sin saber que la derrota de El Imperial los deja en el cuarto puesto, un lugar nunca alcanzado por ningún equipo en la historia del club. Emilio y sus amigos putean al aire. Pedro se le sube a caballito a Freddy. Ni los goles de Racing los gritaba así.
El tercer tiempo es en el bar clásico del club Tradicional. Allí todos dicen que se arma el mejor tercer tiempo por la calidad y cantidad de bebidas y comidas. Emilio está en el lugar de siempre, en uno de los codos de la barra, con un vaso de whisky en la mano. Cuando manotea el bolsillo de su camisa se da cuenta que se bajó un atado de fasos durante el partido. Pedro mira todo asombrado y ya va por la tercera cerveza. Rodolfo llega arrastrando su bolso. No puede ni levantar los brazos. Agarra una botella y se tira en un sillón. Gonzalo ni siente sus piernas. El y sus compañeros lloraron en el vestuario, pero ahora están tranquilos con ellos mismos. Saben que dejaron todo.
Gonzalo y Rodolfo miran, uno en una punta y otro en la otra, a la misma chica. Es una rubia de 16 años, socia del club, que desparrama sensualidad a cada paso. Sigue de largo y las miradas de los dos octavos se chocan. Gonzalo es el que encara. No a la rubia. A Rodolfo. “Te felicito. No sé de dónde saliste. Me sacaste el try del campeonato”, dice Gonza. “No sé, fui directo al bulto, a tacklear lo que estuviera cerca. Vos la rompiste, jugaste un partidazo. No sé si en nuestra edad hay muchos ochos como vos. Tenés que estar en Los Pumitas”, le contesta Rolo. Se abrazan y empiezan a charlar de varios temas. De repente, el díalogo se interrumpe. Pasa de nuevo la rubia. Y casi empujándose se preguntan al mismo tiempo: “¿A ver quién gana ese partido?”. La rubia les avisa que no insistan, que se está por ir a ver a su novio a otro tercer tiempo. Su novio también juega de ocho, pero en Acassuso, el campeón de la Menores de 17. “Es un choto”, dice Gonzalo riéndose a los gritos cuando la rubia ya se fue. “Además, es medio gonca”, agrega Rolo a pura carcajada. Los dos lo saben: habrá revancha.


(*): Jorge Búsico escribió durante muchos en años en el diario Clarín, donde llegó al cargo de prosecretario. Es director y fundador de Deportea (Buenos Aires). Es columnista de Rugby 2007 (ESPN+) y del sitio RugbyFun, además de contar con su propio blog (Periodismo-Rugby).


(*): cuento extraído de "Pelotas chicas, pelotas grandes", un libro recientemente editado por Colihue. En sus páginas el lector puede encontrarse con grandes plumas del periodismo y el aporte de gente muy ligada al mundo deportivo, como Juan José Panno, Daniel Lagares, Eduardo Maicas, Jorge Búsico, Pablo Vignone, Walter Saavedra, Carlos Ferreira, Cristian Garófalo, Marta Merkin, Ricardo Plazaola, Néstor Gabetta, Eddie Consalvo, Claudio Cherep y Claudio Morresi.